La generosidad zapatista y la Otra Campaña

By uamiconlasexta

Job Hernández Rodríguez

I

Con su generosidad característica, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional promueve un polo de concentración de la izquierda mexicana. Hace un llamado sin distingos aún cuando no todos están incluidos: los partidos con registro, incluso los pretendidos de izquierda, quedan fuera porque sus dirigentes forman filas con la clase política, es decir, han optado por la componenda y la integración con los de arriba y han renunciado a afrontar aquellos problemas nacionales cuya solución real y cabal implicaría la transformación radical del país con la consecuente afectación de los intereses de los sectores privilegiados. Fuera de esto, la Sexta Declaración es una propuesta sin espíritu de secta y la Otra Campaña se compone de contingentes variopintos. En la Otra Campaña únicamente se pide la adhesión a principios básicos y generales: no es requisito compartir ningún credo específico, ni político ni religioso. No es indispensable hacer profesión de fe ajena a la dictada por la propia conciencia. Tampoco es necesario provenir de tal o cual tradición de las tantas que han alimentado el ancho caudal de las rebeliones mexicanas. Esto significa no sólo el respeto a las diferencias sino el verlas como saludables y como el mejor recurso a la mano. No hay consensos preestablecidos sobre el rumbo que debe tomar esta iniciativa, ni grupo alguno que pretenda ahorrarnos el camino y la discusión sobre el destino a seguir. El EZLN promueve así la condensación de una multitud de esfuerzos hasta ahora dispersos a lo largo y ancho del territorio nacional, pero no impone ni propone hegemonía: ni la suya ni la de nadie. La Otra Campaña no es el único espacio de concentración izquierdista, pero, tal vez por esta voluntad manifiesta de sus convocantes por mantener las diferencias, sí es el espacio organizativo más amplio hasta ahora existente.

Simultáneamente, la Otra Campaña es un polo de definición y diferenciación, una forma de «pintar la raya», de agruparnos frente al poder y sus comparsas. Por eso no es gelatinosa a pesar de la multitud de rostros que aglutina. Descansa sobre consensos sólidos. Allí estamos quienes consideramos que los problemas del capitalismo no se resuelven con más capitalismo o con una versión moderada, light, o menos dura, del mismo. Allí nos concentramos aquéllos que «nos cansamos de la explotación» en que se basa el régimen social que vivimos, y no quienes sólo atinan a solicitar una mejor distribución de los frutos obtenidos con el robo del trabajo ajeno. La Sexta Declaración va al fondo de nuestros problemas, expone a la vista de todos sus raíces. En ese sentido es radical. No transa con la realidad sino pugna por transformarla, a costa de lo que sea. Por eso no es un llamado de atención a los opresores, sino una convocatoria para los oprimidos. No invita a que empresarios y políticos hagan las cuentas con su conciencia y aflojen un poco los bolsillos donde guardan sus ganancias. Lo que hace es promover que los trabajadores del campo y la ciudad se organicen con plena autonomía e independencia con respecto de las clases dominantes para recuperar, de una vez por todas, el producto íntegro de su esfuerzo laboral.

Quienes formamos parte de la Otra Campaña también pensamos que dentro del juego político ya establecido no hay futuro para ningún programa que proponga una verdadera solución de los males que aquejan a nuestra patria. El entramado del llamado «sistema político mexicano» está diseñado para coptar a los potenciales adversarios de la ganancia fácil y el despojo. Se basa en la creencia cínica de que «no hay quien resista un cañonazo de un millón» y en el acuerdo tácito de que pase lo que pase, no importa quien gane las elecciones, el capitalismo y la subordinación a los intereses extranjeros deben sobrevivir. Es un sistema que llegado el caso puede repartir migajas, pero razona a partir de la pretendida eternidad y naturalidad de la explotación y el robo, de que siempre debe haber quienes estén abajo y quienes estén arriba. Es cierto, el sistema político mexicano puede tener un margen para la maniobra, pero éste es acotado por la sobrevivencia de sus bases fundamentales. Además de quienes declaradamente sirven a los intereses del capital, allí están quienes diciéndose de izquierda han vendido sus luchas, y los muertos en esas luchas, al precio de una diputación, senaduría, o lo que caiga y sea la voluntad de los dueños del país. Allí también están quienes honesta o deshonestamente venden a sus compatriotas la ilusión de que será negociando en las recámaras del poder como se podrá sacar ventaja para las mayorías.

II 

Frente a las tareas por venir, la Sexta Declaración de la Selva Lacandona y la Otra Campaña se plantean un nivel inicial elemental, sin el cual no es posible construir una verdadera alternativa al status quo: no se trata de una convocatoria para la creación de una organización sino, como paso previo, se trata de una invitación para la construcción y multiplicación de espacios de diálogo que derivarían en consensos y discensos en torno a un programa nacional de lucha. Por ello los zapatistas insisten en decir que una de las características básicas de la Otra Campaña es estar destinada a escuchar, desplazando el lugar de enunciación desde el saber de los "expertos" ―incluso de los expertos en la revolución― hacia los saberes y demandas populares.

Esto constituye un auténtico «giro copernicano» que se alza como novedad no sólo frente a las formas de hacer política venidas desde el poder sino también para aquéllas que históricamente se le han contrapuesto. Lo que está de fondo es un reconocimiento de la validez y efectividad de los saberes populares en la construcción de la lucha anticapitalista. No se trata ya de un programa elaborado desde una élite letrada que con más o menos buenas intenciones, o más o menos distancia de la realidad, intenta sintetizar los sentimientos de la nación llevando ya bajo el brazo el programa nacional de lucha, la estructura organizativa, o incluso la nueva constitución, antes de iniciar cada reunión o asamblea. En esta forma bastarda de la izquierda, casi siempre propia de la clase media ilustrada, lo que quedaba era meter el programa al pueblo con calzadores, es decir, desde fuera, forzando los tiempos, imponiendo los puntos de vista propios, etc., porque se consideraba que los trabajadores del campo y la ciudad, dejados a su libre arbitrio, no podían generar una sólida conciencia de clase sino tan sólo una conciencia gremialista, sindicalista, espontánea, de corto plazo, localista, que no terminaba de ser cabalmente anticapitalista.

Lo propuesto en la Sexta Declaración es una «marcha hacia el pueblo», un retorno a lo elemental en toda iniciativa que se diga de izquierda, un dejarse interpelar por los de abajo como forma segura para generar autonomía de clase y organizaciones purgadas de los pruritos iluministas y elitistas venidos desde arriba. Por eso los zapatistas invitan a mirar abajo y a la izquierda. Pero no todos los miembros de la Otra Campaña comparten o comprenden el sentido de una propuesta que se sintetiza en «caminar preguntando». Hay quienes consideran posible quemar etapas y comenzar a discutir en lo inmediato, tal vez en la próxima plenaria, los elementos del programa nacional de lucha y la estructura y principios de una organización anticapitalista y de izquierda. Un conjunto nada despreciable de la izquierda mexicana cree conocer ya el camino: no sienten la preocupación de preguntar a nadie lo que consideran consensado aunque sea exclusivamente entre sus bases, o estudiado en la literatura sobre las experiencias revolucionarias canónicas.

Pero no hay forma de ahorrar tiempo o acelerar la rueda de la historia sin el concurso de las mayorías. Los trabajadores del campo y la ciudad defenderán un programa nacional de lucha no porque hayan sido convencidos de su pertinencia y bondad, sino cuando lo sientan producto de su propio esfuerzo y se vean reflejados en su propia obra. De esto dependerá el futuro de la lucha anticapitalista en México. Por eso la etapa actual, primera y elemental, no puede ser obviada o construida con desgano: no es sólo una cuestión de principios sino también una cuestión de estrategia.

III 

A la Otra Campaña el EZLN le apuesta desde el inicio todo lo ganado en su caminar: una buena parte de sus mejores cuadros y la existencia misma de las comunidades alzadas, hoy organizadas en los Caracoles. Por eso decimos que la generosidad zapatista alimenta este nuevo rumbo. Ellos han puesto a disposición del conjunto de las fuerzas de la izquierda anticapitalista una riqueza social paradójicamente nacida en la precariedad material. Su gente, formada en años de militancia y entrenada en una nueva forma de hacer política, saldrá a encontrarse con quienes fuera de Chiapas también resisten al régimen de opresión y miseria que sufrimos. Es cierto, ellos no son los únicos actores dentro de la Otra Campaña, pero constituyen un elemento que puede marcar la diferencia en la correlación de fuerzas frente al poder del capital. La Otra Campaña ya es de todos, pero se equivocan quienes piensan que esto significa debilitar el peso del EZLN al interior del polo izquierdista recién constituido, enfrascándose en una estéril y fantasmal lucha por el liderazgo y la hegemonía. Eso no sólo significa corresponder mal a la generosidad zapatista que nos convocó, sino contribuir poco al esfuerzo colectivo de un país que amerita con urgencia una transformación radical. Por eso, el que el EZLN expanda sus esfuerzos construyendo dentro de la Otra Campaña una fuerza civil propia, como ya lo han anunciado, deberá ser visto siempre como algo bueno y necesario. Todos, simpatizantes o no del zapatismo, avanzaremos pasos importantes hacia la liberación nacional si esta iniciativa, que viene a suplir al Frente Zapatista, llega a buen puerto.  

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